
Ganas de llegar ya. De tener las cosas resueltas, de ser esa versión de ti que ya no duda ni se enreda. La prisa por crecer siempre suena razonable: ¿quién quiere quedarse en la parte incómoda del camino? Pero hay un detalle que casi nadie se atreve a nombrar: las etapas que tanto queremos saltar son justamente las que construyen aquello que después andamos buscando sin saber por qué no lo encontramos.
El psicólogo Alexander Paz lo explica con una película que lo deja clarísimo: Si tuviera 30. La protagonista, Jenna, anhela ser adulta para escapar de su inseguridad adolescente. Y cuando por fin lo consigue, descubre un vacío emocional profundo. Su lectura es directa: el deseo de crecer rápido muchas veces nace del rechazo al presente y a la propia vulnerabilidad. Consiguió el atajo y se perdió el camino.
Hay tres ideas de ese reel que me parecen útiles por concretas:
- Saltarse etapas tiene un costo que llega después. Cada fase de la vida cumple una función: la identidad, la autoestima y los vínculos se construyen paso a paso. Cuando te saltas una, la tarea no desaparece; queda pendiente, y suele cobrarse en el momento menos oportuno.
- Evitar el dolor no te hace más fuerte. La incomodidad no es señal de error. Al contrario: evitarla nos desconecta de lo auténtico. Las conversaciones difíciles, los primeros intentos torpes, la vulnerabilidad de empezar de nuevo: todo eso es materia prima de la madurez.
- Madurar no es encajar, es ser coherente. La meta no es «tener éxito» o parecer adulto a ojos de otros. Es irte reuniendo contigo mismo: coherencia con tus valores y relaciones significativas bien cuidadas. Crecer bien implica integrar lo vivido, no huir de ello.
Fíjate que el mensaje no es «no crezcas». Es más sutil y más honesto: crece, sí, pero sin despachar de contrabando las etapas que te toca vivir. El apuro por madurar es a veces una forma elegante de escapar de lo que hoy te está pidiendo atención. Y lo que escapas hoy, no desaparece: te espera más adelante, con intereses.
La próxima vez que te canse la etapa que estás viviendo, prueba un cambio de pregunta. En lugar de «¿cómo salgo rápido de esto?», pregúntate «¿qué me está dejando esto?». La respuesta a la primera te da un atajo; la respuesta a la segunda te da un cimiento.
La vida no se salta: se vive. Y lo que se vive, se integra.
