Hay dos formas de moverte por el mundo. Una es con collar. La otra, con instinto.
Jordi Segués plantea una analogÃa simple pero potente: el perro y el lobo. Ambos son caninos, ambos caminan sobre cuatro patas, pero la forma en que enfrentan la vida no podrÃa ser más distinta. El perro espera afuera de la puerta, moviendo la cola, rogando que alguien decida abrirle. El lobo no espera permiso. Cruza el bosque con otra lógica: si quiere entrar, entra. Si quiere salir, sale.
Y la pregunta incómoda es esta: ¿cuál de los dos eres tú? No en la superficie, sino en las decisiones diarias. En cómo te relacionas, en cómo trabajas, en cómo respondes cuando alguien te dice que no puedes.
El collar invisible
El perro no lleva collar solo en el cuello. Lleva uno en la cabeza. Aprendió que su bienestar depende de que alguien más lo valide. Que lo dejen entrar, que le den comida, que le den cariño cuando se porta bien. Su libertad es condicional. Y en eso se parece a muchos de nosotros: gente que pide permiso para ser quien es, que espera señales de afuera antes de actuar, que vive ajustando su temperatura según el termómetro de los demás.
No es cobardÃa. Es hábito. Es lo que te enseñaron. Pero un hábito puede cambiarse cuando lo miras de cerca.
El lobo no negocia su dignidad
El lobo no es agresivo por gusto. Es autosuficiente. No entra a la casa ajena porque no necesita la casa ajena. No pide permiso porque su supervivencia no depende de que alguien le diga que sÃ. Y eso es lo que la analogÃa apunta: la libertad real no es de quien más tiene, es de quien menos necesita.
Esto no significa que el lobo esté solo por soberbia. Significa que sabe cuidarse. Que no da su energÃa a quien no la valora. Que no se queda en espacios donde lo tratan como perro.
La elección es diaria
No naces perro ni lobo. Aprendes a ser uno u otro por repetición. Cada vez que dejas de decir lo que piensas para no incomodar, el collar se ajusta un poco más. Cada vez que eliges quedarte en una relación, un trabajo o una conversación que te achica, estás moviendo la cola afuera de una puerta que no se abre.
Y cada vez que dices no, que te retiras, que haces lo que te corresponde aunque nadie aplauda, estás caminando como lobo. No por rebeldÃa. Por coherencia.
La buena noticia es que el collar no está soldado. Se saca. Y no hace falta morder a nadie para hacerlo. Solo hace falta decidir que tu camino no necesita aprobación ajena para ser válido.
Fuente original → Jordi Segués en Instagram

